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19 de noviembre de 2012

Guillermo Cabrera Infante en su entorno

Miriam Gómez no es una mujer completa. La mitad de ella habla de su otra mitad fallecida, y en un diálogo ameno durante la Feria Internacional del Libro de Miami, Miriam revivió para los lectores al “triste tigre”; lo revistió de recuerdos y lo sentó al lado de ella. Sólo así ha sido y es posible ver de nuevo a Guillermo Cabrera Infante en este mundo, un mundo que él abandonó sin poder regresar a La Habana que ahora por ser difunto, sin lenguaje metafórico, le pertenece más que nunca.

Miriam habló, gesticuló, rememoró épocas en las que su marido fue querido y luego odiado en Cuba. Y dijo entre otras cosas que su relación con el autor de “Tres tristes tigres” fue siempre una gran fiesta, y que al lado de él no perdió nada, ni siquiera su brillante carrera de actriz, sino que ganó demasiado.

“Mi vida fue muy completa con Guillermo, fuimos muy felices”, dijo. Y el auditorio la escuchó, y ella articuló bien, pero la voz de Miriam suena herida por la falta de la mitad que perdió en 2005. Escuchándola pensé el momento en que a ella le tocó enfrentar el fin de su Infante difunto, en Europa, en ese exilio que se les hizo eterno, distante, lejos de La Habana, donde el escritor nació en 1929.

Rememoró Miriam, como suelen hacer las mujeres de un solo hombre y consagradas al matrimonio, el entorno que vivió con Cabrera Infante. Un testimonio de primerísima mano que deberá escribirse y publicarse algún día como libro de memorias; para los estudiosos, y para los curiosos que quieran saber cómo era realmente en la intimidad el más importante de los escritores cubanos en el exilio.

Miriam dijo incluso que muchas veces Cabrera Infante le tomaba prestadas frases para incluirlas en las novelas. “Me pedía permiso”, recordó. De modo que la narrativa del escritor cubano quedó salpicada del ingenio cotidiano de esta pareja separada por la naturaleza y unida espiritualmente hasta la eternidad.

“Cuantos conocimos a Guillermo no podemos recordarlo ni imaginarlo siquiera sin Miriam”, escribió alguna vez Fernando Savater. “Fue la primera lectora de todas y cada una de sus páginas, la destinataria de muchas y la mecanógrafa que puso en limpio la mayoría. Ahora es ella quien se encarga con amoroso cuidado de preparar para la edición sus obras póstumas”.
 
Lo de unidos hasta la eternidad me lleva a pensar en otras mujeres de escritores famosos que se convirtieron en albaceas celosas de los legados de sus parejas, y que heredaron de ellos los escenarios de las ferias y de las presentaciones públicas. Pienso en María Kodama, la incansable viuda de Jorge Luis Borges; en Pilar del Río, que de traductora pasó a ser la esposa de José Saramago.  Josefina Aldecoa, que era también escritora, llevó a rastras hasta su propia muerte en 2011 el costal de cuentos de su marido Ignacio Aldecoa.

En algunos casos, como el de Miriam Gómez, a la viuda le toca la tarea de organizar “material en proceso” para ponerle punto final a las obras inconclusas de sus maridos escritores, o participar activamente en la edición de las obras completas de éstos. Cabrera Infante dejó casi lista la novela póstuma “La ninfa inconstante” y hace poco apareció “Cuerpos divinos”, una obra que habría concebido como ficción y que terminó siendo un libro casi de memorias.

Cabrera Infante es uno de los pocos escritores que se pueden leer completos. Cada obra suya es un asombro, ya sea ficción o ensayo. Yo lo he disfrutado desde que lo descubrí en los años ochenta y noventa en Nueva York. Mi primer asombro fue su novela “Tres tristes tigres”, luego “La Habana para un infante difunto”; y más tarde “Vista del amanecer en el trópico” y la colección de cuentos “Así en la paz como en la guerra”.

Y por supuesto no podía faltar esa exquisita recopilación de críticas de cine reunidas en “Cine o sardina” y en “Arcadia todas las noches”. En Miami descubrí en alguna biblioteca pública “El libro de las ciudades” y “Puro humo”, este último escrito originalmente en inglés.  


En fin, la presencia de Guillermo Cabrera Infante será duradera porque él está hecho de verbo, y de la mitad de Miriam Gómez.