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12 de febrero de 2015

Virgilio López Azuán no hizo la tarea (3 de 3)

Sin los ribetes del Premio Funglode de Poesía Pedro Mir 2013, la calidad del poemario del dominicano Virgilio López Azuán queda en un cuadrilátero distinto, donde la única lucha posible se da entre el discurso, logrado o no, y el lector dispuesto a entregarse al juego de la literatura.

Son cien poemas largos que requieren tanta o quizá más dedicación para ser leídos que la que tuvo el poeta para escribirlos. Imposible no distinguir con el calificativo de poeta a quien haya escrito semejante cantidad de textos para armar un libro, de modo que López Azuán es ante todo poeta, y probablemente el más conocido de su natal provincia de Azua, después del popularísimo Héctor J. Díaz (1910-1950).

El problema de muchos libros, en este caso de poesía, no surge en la escritura, sino en la lectura. Es el lector quien aplaude o rechaza el discurso, y quien tiene la última palabra, exista o no premio de por medio. Pues los premios son inventos que agregan  un ingrediente comercial (y social) a la obra, pero no mejoran ni empeoran lo ya escrito. Por eso es atinada la recomendación de dejar reposar durante un tiempo lo que se escribe, para luego corregirlo y publicarlo, si es que vale la pena.

En el caso de “Sumer (Poética de los números)” se nota un trabajo prematuro, una falta de reposo, y una probable desesperación por cumplir con la meta de escribir cien poemas. También se advierte la “imperiosa necesidad” de exhibir una sabiduría que no se posee. Esto último recuerda lo que Edgar Allan Poe describió alguna vez como “una malsana necesidad de mostrarse sabio, de parecer profundo, aun cuando la sabiduría esté totalmente fuera de lugar, y la profundidad no sea más que la quintaesencia de la estupidez”.

De los cien poemas del libro de López Azuán hay muchos en los que el autor abandona el propósito primario de escribir sobre los números; en otras palabras, se olvida de los números como tema de los poemas. Creo que eso ocurre en Poema al Número 56 (al 57; al 58; al 67; al 70; al 72; al 73; al 74; al 75; al 76; al 79; al 81; 
al 82; al 85; al 86; al 91; al 94; al 95; al 98). En conclusión, la anunciada “poética de los números” en el título de la obra de López Azuán  falla en casi una veintena de poemas. Pero eso no es nada.

En su breve ensayo “La invención de la estética”, Paul Valéry subrayó que “la operación del poeta se ejerce por medio del valor complejo de las palabras, es decir, componiendo a la vez sonido y sentido”. En López Azuán la creación es invención (“instintan”, “azulan”;  “ácido amenos, aminoácidos”) y la complejidad no es hermetismo sino pobreza de lenguaje (la palabra “estrella” aparece más de 40 veces), o de imágenes ininteligibles, metáforas malogradas (“
vinagre molido [¿vinagre molido?] en tardes rasgadas de llantos”), incoherencia y descuidos.

R
ecurro de nuevo a Allan Poe: “La metáfora, su imagen suavizada, tiene una fuerza indispensable cuando se la usa con mesura y habilidad”. Aun así, la metáfora puede carecer de lógica pero no el lenguaje que la crea y cuya finalidad es identificar el objeto que se nombra.

La metáfora es la combinación de eso y lo que se desprende de ello. Un líquido (como el “vinagre” de López Azuán) no es elemento sólido, y como tal, por las características que le da el lenguaje, no puede ser tratado como elemento sólido (“vinagre molido”) porque eso le añadiría otro ingrediente que lo convertiría en otra cosa; ocurre con el agua, que es agua hasta que se congela, después de ahí es hielo, es decir, cambia de nombre a partir del lenguaje que nombra esto y aquello.

En realidad, hay demasiadas aristas en “Sumer”.  Y no quiero terminar sin anotar lo que podría llamarse una “memoria numérica” de López Azuán. Para el autor, por ejemplo, el 18 es “número de cama”, el 51 representa los aviones caza norteamericanos P-51 que bombardearon el Palacio Nacional durante la Revolución de Abril de 1965.  Y así, el 69 es la posición sexual en que “gira el seis y gira el nueve, envueltos entre sábanas alegres”.

Una observación que no debo dejar escapar es que a partir del número 10, López Azuán comienza a divagar, a separar las cifras, y en vez de escribirle a un número entero en ocasiones convierte aquello en dos. No es lo mismo 10 que 1 y 0, ni 69 que 6 y 9. De hecho, al comenzar con el número 1, el poeta perdió de vista el 0 que logra recuperar en el número 10, y lo trata como “el círculo perfecto de la nada” (uno de tantos lugares comunes que aparecen en el libro).

También ocurre que a lo largo del poemario el autor se repite con frecuencia, se copia, se plagia a sí mismo sin darse cuenta; es el riesgo de escribir mucho en la misma dirección. López Azuán está en deuda con Gustavo Adolfo Bécquer, César Vallejo, Pablo Neruda y Rafael Alberti, para mencionar solo algunos.

Finalmente, no entorpece el curso de la historia el reconocer que la humanidad está acostumbrada a los defectos del poeta. Es el único literato capaz de destruirse y reconstruirse a sí mismo con pocas palabras, en un verso, en una frase, y hasta en una sola sílaba. Basta un verso memorable para no quedar fulminado por el olvido y que sigamos creyendo en él. Yo seguiré esperando el de Virgilio López Azuán, porque no lo encontré en “Sumer (Poética de los números)”.