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28 de enero de 2015

Virgilio López Azuán no hizo la tarea (2)

Virgilio López Azuán y la portada del libro.
Creo que en la entrega anterior dije que no hay tal exploración milenaria en la obra premiada del dominicano Virgilio López Azuán. Las páginas de este libro se ahogan en la pretensión de un conocimiento histórico que no logran exhibir y en lugares comunes propios del poeta que escribe sin reflexionar;  y aunque entendemos a Octavio Paz cuando dijo que “un poema no tiene más sentido que sus imágenes”, debemos tomar en cuenta que no toda imagen es metáfora.

La metáfora es el corazón de la poesía, vive en ese misterioso organismo que es el lenguaje y su significado, pues “una palabra aislada” —escribió el mismo Paz— “es incapaz de construir una unidad significativa. La palabra suelta no es, propiamente, lenguaje; tampoco lo es una sucesión de vocablos dispuestos al azar”.

De eso último está lleno “Sumer (Poética de los números)”; de “vocablos dispuestos al azar”. Y tal vez en la frase “al azar” está el alejamiento del tema que anuncia el título de la obra, y lo que hace sospechar que el jurado le otorgó el Premio Funglode de Poesía Pedro Mir 2013 sin leer estas páginas, que están muy lejos de ser una “poética de los números”.

Los números son como seres vivos; construyen y destruyen vidas, nos llevan las cuentas desde que nacemos y nos someten al régimen inevitable de contar con ellos en lo cotidiano. Nadie puede vivir sin números, porque sin esos raros elementos no hay futuro ni tendríamos pasado. Por los números sabemos si somos ricos o pobres, la edad que tenemos y la que tienen nuestros contemporáneos; el calendario no existiría sin los números, en fin.

La poesía, como expresión de vida, de pasado y presente, tampoco ha estado exenta de los números, los nuestros, esos a los que López Azuán quiso escribirle la historia cosmogónica en cien poemas (del 1 al 100) y cuyo intento quedó en el título de la obra y sucumbió en el subtítulo. He ahí el primer desconcierto, y el mayúsculo error del jurado cuando decide otorgar el premio a un libro
en el que según el veredicto "se manifiestan los orígenes y las herencias de la raza humana”. 

Cualquier marco histórico del origen de los números, ya sea en prosa o poesía, no puede pasar por alto la mención de Euclides, Claudio Ptolomeo, Arquímides, ni de otros clásicos que sentaron las bases para el entendimiento y la invención numérica de las cosas. De hecho, el matemático y filósofo Pitágoras declaró muy tempranamente que “el principio de todas las cosas son los números”.

De modo que los números y la poesía han recorrido juntos el camino del universo, y un ejemplo de ello es la métrica. Pero después de avanzar hacia el verso libre la poesía se hizo adulta en la madurez del poema y exploró el misterio de los números y sus significados a partir de la reflexión y contemplación propias del poeta, quien no deja de ser un filósofo empírico. Una de las más célebres conexiones entre números y poesía es el poema que la Premio Nobel polaca Wislawa Szymborska dedica al número Pi, el cual establece la relación entre el diámetro y la longitud de una circunferencia.

Pero también hay ejemplos menos complicados. Rafael Alberti, Pedro Salinas, Pablo Neruda y otros grandes de la literatura universal coquetearon con los números en su poesía, sin ninguna otra pretensión que la de explorar esos signos aparentemente inofensivos que nos controlan la vida.

En el caso del libro de López Azuán, en vez de las civilizaciones sumeria, babilónica, romana, griega, árabe, egipcia, maya, china o hindú, cunas de los sistemas de numeración, lo que aparecen son vagas y aisladas referencias a la biblia, a cábalas, a cartas del tarot, y burdas menciones de Elvis Presley, del poeta peruano César Vallejo, del sonido 440 que recuerda al grupo homónimo del cantante dominicano Juan Luis Guerra, y Evita (intuyo que se refiere a Evita Perón).

Por lo anterior y otros subrayados, se puede afirmar que el mayor desatino de “Sumer (Poética de los números)” es el del título no compatible con el resto del libro, y peor aun el hecho de que el jurado del Premio Funglode haya basado el veredicto en ese título y no en el contenido de la obra, lo cual no deja de ser un engaño por partida doble.

En una próxima y última entrega hablaré del poemario de López Azuán sin los ribetes del premio Funglode.