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24 de febrero de 2017

Realidad y Premio Nacional de Literatura

Federico Henríquez Gratereaux
Parece que no debe existir duda de que el Premio Nacional de Literatura se otorga como parte de un espectáculo de cultura, y no para que las obras del autor ganador sean leídas por estudiosos y personas que gustan descubrir buenos escritores; o por entusiastas que no escatiman esfuerzos para mantenerse informados con el fin de lucirse en esas tertulias que organizan y frecuentan los tristemente célebres lectores de solapas.

El párrafo anterior deriva de mis enormes esfuerzos para conseguir las obras de Federico Henríquez Gratereaux, galardonado con el Premio Nacional de Literatura 2017. Sus libros no aparecen en parte. Apenas “Empollar huevos históricos” yace en solitario en los agonizantes anaqueles de Librería La Trinitaria. Lo de agonizantes anaqueles se debe a que esa emblemática librería desaparecerá en cualquier momento, y de ella solo quedarán los recuerdos personales de quienes la frecuentan y una que otra anécdota curiosa que engrosarán la historiografía literaria dominicana de los últimos decenios del siglo XX y primeros del XXI. Y al final será una memoria que se irá diluyendo como todas las otras memorias de librerías importantes que han existido en Santo Domingo, desde la época colonial hasta nuestros días.

Luego de “Empollar huevos históricos” emprendí la tarea de conseguir de nuevo en el país dos títulos de Gratereaux de los que tengo ejemplares que descansan tranquilos en mi biblioteca personal en Miami: “La feria de las ideas” y “Un ciclón en una botella”; pero el esfuerzo ha sido inútil. Ni esos ni los otros están en librería alguna. Es decir, no importa que se tenga el dinero y la disposición para conseguir los libros del Premio Nacional de Literatura; estos simplemente no aparecen.

Ante semejante situación, he recurrido a varios amigos para que me ayuden a ubicar la obra total de Gratereaux. Dos de ellos aparecieron con “Empollar huevos históricos”, el libro que yo ya tenía, y prometieron hablar con el autor «en caso de que tenga algunos ejemplares». Pero el escritor casi octogenario tampoco tiene ejemplares de sus obras, lo cual resulta sorprendente en un país donde se pregona que no hay un mercado para libros. El mismo Gratereaux lo ha dicho en su breve ensayo “Los intelectuales en la picota”: «Lo intelectuales [dominicanos] no tienen mercado. Hace falta más capacidad de compra para destinar a productos intelectuales y más educación para estimar esos productos o “mentefacturas”.»

Aun así, el poeta Tomás Castro Burdiez se apareció con varios títulos de Gratereaux que consiguió de manera misteriosa y me los regaló como si fueran objetos de contrabando. De esa manera llegaron a mis manos “Pecho y Espalda”, “Ubres de novelastra” y “Hombres de dos pisos”. Después, durante una visita que hice a la Biblioteca Antillense Salesiana del Colegio Don Bosco el padre Jesús Hernández me enseñó, como reliquia en exhibición, lo que parecía ser las “obras completas” del Premio Nacional de Literatura 2017.  
  
Es un asunto que a simple vista carece de importancia, pero en un país donde los escritores se quejan con frecuencia de no tener lectores no deja de ser un problema que afecta la imagen del autor y la de nuestra literatura nacional.  También puede desalentar a cualquier mortal que intente conocer o recomendar al lector extranjero no solo la obra del último galardonado con el premio literario más importante de República Dominicana, sino la de todos los demás.

Lamentablemente la falta de cuidado con nuestra literatura no es de ahora. En una carta de 1936 dirigida a Max Henríquez Ureña, Juan Bosch ya reconocía el problema: «[…] me duele mucho que escritores amigos de otros países me pidan libros nacionales y yo no se los pueda enviar, ya que casi todo lo que tenemos está mal presentado.»

En fin, esas son partes de las circunstancias que generan preguntas que incomodan al oficialismo cultural: ¿para qué sirve el Premio Nacional de Literatura, aparte de celebrar una
ceremonia solemne y la entrega de un millón de pesos al ganador? ¿Qué aporta el Premio a la difusión de la obra del autor? ¿Qué ocurre con la obra del escritor después de ese reconocimiento insular tan “políticamente” codiciado?

Pienso que los organizadores y patrocinadores del Premio Nacional de Literatura deberían incluir en su programa la contratación y reedición de las obras del ganador y asegurar que estas circulen masivamente, por lo menos uno o dos meses antes de la ceremonia de entrega de lo extraliterario, es decir, el millón de pesos.