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14 de septiembre de 2016

Poesía amorosa dominicana en el siglo 21

Hace poco dije al joven poeta Angel Miguel Contreras Pérez, que escribe muchos sonetos y los publica con frecuencia en Facebook, desde la lejana frontera domínico-haitiana, que es bueno dominar la versificación clásica, porque eso ayuda a la versificación libre, y que los poetas que no dominan la versificación clásica escriben al azar. En otras palabras, no es tan libre el verso libre.

En su breve ensayo “Entre poesía y prosa” Umberto Eco subrayó que el verso libre «no tiene ni metro ni rima, pero en cierto modo tiene reglas, idiolectales acaso, que imponen determinado aliento independiente del aliento semántico». De igual modo el fallecido poeta y crítico dominicano Antonio Fernández Spencer dejó escrito que «el gran poema se nutre de sensaciones, emociones y pensamientos contradictorios. Si el poema obedece a los principios de la lógica, de la ciencia o del pensar filosófico, deja de serlo».

Para mí esa es la trampa; porque aunque la lógica del poema sea una sin principios, esta no deja de ser lógica. Lo que hace “grandioso” un poema no es otra cosa que la capacidad de despertar algo en ese lector que busca un verso, uno solo, que le dé un toque diferente a un instante. El mismo Fernández Spencer observó que «toda poesía es mágica y solo puede disfrutarse mágicamente». Y a veces son versos malos los que cumplen esa función. Por eso es difícil calificar la poesía, que no tiene nada que ver con que si el que la escribe es o no buena persona. Son dos entes separados; el poeta existe por "permeabilidad cotidiana", y el poema se debe al estadio del lenguaje.

En la “Antología de poesía amorosa” queda evidenciada la prisa que al parecer obligó a Angela Hernández a confiar demasiado en algunos de los poetas antologizados, pues se sabe que pidió a varios de ellos que enviaran poemas dignos, y no hay peor evaluador de una obra que su propio autor (Rimbaud y Kafka son ejemplos universales). En esta última mirada que echo al volumen, he decidido no detenerme en los clásicos o virtualmente clásicos dominicanos, porque de ellos casi todo está dicho, o por lo menos lo que necesitamos saber. Eso seguramente ayudó a que el trabajo de selección fuera más fácil, pero había que explicar algunas cosas, ya que la poesía, aunque lo parezca, no sale de la nada. Más que a fechas que marcan los períodos establecidos por Angela Hernández, nuestros poetas del pasado pertenecieron a escuelas, movimientos, tendencias, o sufrieron circunstancias que motivaron a unos y malograron a otros. Pienso en Gastón Fernando Deligne, que según registros historiográficos puso fin a su vida cuando le diagnosticaron lepra. En Franklin Mieses Burgos y de nuevo en Deligne, cuyas obras marcaron sin duda a poetas del presente como José Mármol, Plinio Chahín, el Alexis Gómez de poemas breves, y tal vez al Frank Báez más descriptivo.

Mirar con detenimiento antes de aplaudir la selección de AH es observar, por ejemplo, que el poema Primer Encuentro, de la filóloga Soledad Alvarez, puede ser un desacierto; estoy seguro que tiene cosas mejores, aunque este aparece también en la antología “Jinetes del Aire: Poesía Contemporánea de Latinoamérica y el Caribe”, publicada en Chile por RIL Editores, en agosto de 2011. De este poema me llama la atención un posible exceso de adjetivación, y siento que hay versos que se muerden la cola; es decir, mitades que destruyen otras mitades: «y se derrama como ofrenda en la planicie esférica del vientre». Subrayo la que considero mitad asesina: «…en la planicie esférica del vientre». El veneno sería la adjetivación. Por otra parte, yo no me hubiera arriesgado con el uso del verbo “olisquear”, y menos en gerundio, porque a mi juicio desentona. El sonido de la “q” seguida de las vocales del gerundio me resulta fuerte, una caída del ritmo con «ingrata resonancia», como diría Max Henríquez Ureña; cito: «hombre y mujer descubriéndose / olisqueándose donde crece una flor viva».

Alexis Gómez figura junto a Soledad Alvarez en la mencionada antología “Jinetes del Aire: Poesía Contemporánea de Latinoamérica y el Caribe”. Pero el poema que aparece en el tomo de poesía amorosa dominicana, intitulado Ausencia de Guarina Rodríguez, está repleto de lugares comunes camuflados de falsa originalidad (aquí algunos: «Dios no me deja mentir», «con frecuencia modulada
», «Llueve a cántaros», «llueve con mala fe, con mala leche», «sal si puedes», «esto da sexo por todas partes»). 

Nada de lo anterior ocurre, sin embargo, en el fragmento de Banquetes de Aflicción, de Cayo Claudio Espinal; ni en los poemas de René del Risco Bermúdez, José Enrique García, Radhamés Reyes Vásquez, Tony Raful, Carlos Rodríguez Ortiz, Tomás Castro Burdiez y otros; pero ni estos ni los que faltan son necesariamente los mejores. De la selección yo eliminaría textos en cada uno de los períodos propuestos por Angela Hernández; la mayoría sería de “Poetas nacidos entre 1941-1970”: Jannette Miller, Norberto James, Juan Carlos Mieses, José Rafael Lantigua, Pastora Hernández, Johnny Durán, Sally Rodríguez, Dionisio de Jesús, Alejandro Santana, Yrene Santos, Basilio Belliard y León Félix Batista. De ese mismo período pondría en revisión, por no decir en cuarentena, los textos de Chiqui Vicioso, Valentín Amaro, José Mármol, Soledad Alvarez, Alexis Gómez y José Acosta.

De los “Poetas nacidos de 1971 en adelante” yo eliminaría los textos inéditos de Néstor Rodríguez y Ariadna Vásquez; y los poemas de Rosalina Benjamín y Darihanna Mesa.

El espacio y la prudencia de no ser más extenso me obligan a concluir, pero no quiero hacerlo sin antes anotar que si para algo sirve la antología de Angela Hernández, es para darnos cuenta que de 1970 en adelante hay muy poca poesía amorosa dominicana, y esa poca es pobre. En algunos casos los poetas son frívolos, sin sentimientos reales, sin afectos que trasciendan un cúmulo de versos carentes de belleza y espíritu. El corazón no les palpita como a los de antes. No son capaces de escribir un verso que pare la respiración y provoque un mísero suspiro. En ese sentido la lírica dominicana está enferma y no avizoro la cura como tal vez la vieron a mediados del decenio de los ochenta del siglo XX los entonces decanos del verso y ya fallecidos poetas Manuel del Cabral y Antonio Fernández Spencer, a raíz de la publicación del poemario “Amor a quemarropa” de Tomás Castro Burdiez.

Del Cabral escribió que «el primer poema de “Amor a quemarropa” [Concierto a puertas cerradas; incluido en la antología de AH] es capaz de soportar un montón de calendarios no presentidos por los escrupulosos de la literatura». Por su parte, Fernández Spencer enfatizó que «saber decir originalísimo y altamente poético es ya revelación en la escritura de auténtico poeta, y es lo que acontece en “Amor a quemarropa” de Tomás Castro». 

Sin embargo, el poeta salvavidas de la poesía amorosa de aquella generación de los 80 araba en tierra seca. Alcanzó otros méritos que fueron igualmente aplaudidos, como “Vuelta al cantar de los cantares”, elogiado por el poeta mexicano y Premio Cervantes 2009 José Emilio Pacheco («Siempre quise escribir “Cantar de los cantares”, me alegra que este poeta dominicano lo haya logrado») y por el Poeta Nacional Pedro Mir («Con el libro “Vuelta al cantar de los cantares”, Tomás Castro Burdiez entra al círculo selecto de la gran poesía dominicana»). El problema fue que a partir de ese momento se agudizó la sequía del amor en el parnaso vernáculo y siguió en desarrollo la poesía “escrita por traidores que ensucian el poema en procura de ventajas sociales”. Eso último lo dijo Fernández Spencer en el prólogo a “Como naciendo aún”, una interesante antología personal de Lupo Hernández Rueda, un poeta de 86 años que todavía escribe con mucha lucidez.