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23 de julio de 2014

Siglos de luces sin aplausos ni venias

La mayor fuente de sabiduría está en los clásicos. Paradójicamente, es la fuente de la juventud de la literatura. Un escritor moderno que no se bañe de tanto en tanto en las benditas aguas de Heráclito, por ejemplo, carece de carácter para enfrentarse no solo a la página en blanco, que casi no existe, sino también a todo lo extraliterario que pueda generar su manera de pensar.

Hay peligros que brotan de la sed de reconocimiento y en el caso de escritores aficionados el miedo a que la luz descubra los defectos de su obra es todavía más profundo. En estos tiempos de espectáculos literarios el aplauso manda; y cuando te encuentras en la platea donde todo el mundo aplaude, y tú no, te conviertes en la mosca que incomoda a los comensales que disfrutan del pastel.

Por eso los clásicos son necesarios; porque además de ayudar a reflexionar y a repensarnos de principio a fin, el clásico no espera aplausos ni venias. Una obra clásica es un libro amigo, mientras más se disiente de ella, de ese pensamiento de siglos, más amigos son esa obra y tú. Subráyala todo que quieras, táchala, escríbele en los márgenes de las páginas lo que se te ocurra, que nada te pasará. Con el tiempo, tú mismo recurrirás a esos apuntes y reflexionarás sobre ellos, y te darás cuenta que el clásico siempre tiene la razón, si no en la parte que subrayaste, la encontrarás en otra zona del mismo texto.

Y así, las bibliotecas de escritores que no tienen clásicos, o que si los tienen no gozan de la gracia del lector activo, se convierten en cementerios de lo más elevado del pensamiento universal. Pero un clásico enterrado en ese tipo de cementerio, es solo un manojo de hojas con formato de libro que se pone amarillento y es carcomido por las polillas; muere el libro en un plano físico, pero no el pensamiento que emana de él.

Siempre que viajo me hago acompañar de uno o dos cl
ásicos. No hay nada más fascinante que leer a Virgilio o a Ovidio entre las nubes, o en carretera esas “Cartas morales a Lucilio” de Séneca; o convertirse uno en cómplice de las enunciaciones del radical Nietzsche, o seguir los consejos del sabio Baltasar Gracián, o interpretar a pecho abierto el “Emilio” de Rousseau, o el método de Descartes. En fin, los clásicos son siempre vivos que no te roban el aire. Todo lo contrario, te ayudan a respirar y a limpiar los caminos para que puedas seguir edificando el futuro.

Un ejercicio que hago con mucha frecuencia es releer los subrayados de mis clásicos. Conceptos, apreciaciones y reflexiones de esos sabios han quedado resaltados bajo la transparencia de un marcador amarillo que me dirigen en la lectura múltiple como parte del reciclaje de ideas. Porque un clásico no se lee una vez sino dos, tres, muchas veces; y cada lectura es nueva, fresca, y si se quiere hasta mágica. Y en cada lectura, los subrayados pueden variar; y lo que aprobaste ayer, lo rechazas hoy, quedando sobre aquellas páginas tu huella amarilla, o verde, o anaranjada, o del color del marcador que hayas utilizado. Si no cambias en una nueva lectura lo que subrayaste en la anterior, simplemente no has evolucionado. Por supuesto, estoy hablando de la relectura espaciada, con años entre la primera, la segunda, y las que sigan.

Para mí los clásicos son una manera de revertir el desaliento en algo positivo y en un motor de motivación. Pero antes, les tomo la palabra, reflexiono, y me dejo salpicar del agua sabia, que no es la incolora.

Así es que me he dejado salpicar estos días por Descartes. Y lo subrayo de nuevo: “[…] después de haber pasado unos cuantos años estudiando en el libro del mundo y tratando de adquirir alguna experiencia, tomé un día la resoluci
ón de estudiar también en mí mismo y de emplear todas las fuerzas de mi espíritu en la elección de la senda que había de seguir; lo cual me salió mejor, según parece, que si nunca me hubiese alejado de mi país”.