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17 de agosto de 2015

Haití y una novela de Matos Moquete (3)

Manuel Matos Moquete
En el artículo anterior (segunda entrega) sobre “La avalancha” del dominicano Manuel Matos Moquete hice mención de lo que yo llamo “escritura sin consecuencia”. Es la que surge en lugares donde no se ejerce la crítica con la libertad que se requiere para decir lo que se piensa sin temor a represalias de cualquier tipo. En los países como República Dominicana la represalia suele ser política o social, y se ejecuta por medio de la exclusión de pequeños círculos de poder y de ataques despiadados que tienden a poner en tela de juicio los méritos profesionales y personales del crítico, entre muchas otras maneras.

Pero eso último lo explica mejor el académico dominicano Fernando Valerio-Holguín,  de la Universidad Estatal de Colorado, cuando observa en un breve ensayo que en el país muchos “n
o se atreven a criticar, contradecir a los intelectuales en el poder y, en ocasiones, ni siquiera a participar en una actividad organizada por un escritor sospechoso o 'caído en desgracia', por miedo a la contaminación, por temor a ser excluidos de la República de las Letras, lo cual hace pensar en la paranoia de la vida intelectual durante la Era de Trujillo”.

Esa es la base de la escritura sin consecuencia. Y a ella se debe que obras no terminadas o con estructuras defectuosas circulen o se conviertan en lecturas obligadas, sin evaluación de ningún tipo, en clases que imparten los mismos autores que desempeñan labores docentes en el país.

Matos Moquete es catedrático de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y alguna vez asignó su novela “La avalancha” como lectura obligada para un curso de morfología y sintaxis. Aclaro que acá no me interesa cuestionar la práctica del profesor de imponer su propia novela a los estudiantes, sino la obra como producto literario terminado.

“La avalancha” consta de diez capítulos cortos, escritos en lenguaje llano, lo cual permite una lectura rápida y, en el sentido de la composición, con muy pocos tropiezos. El problema está en la presentación de la historia que comienza con un “Aviso” de gran expectación en torno a un personaje (tío Honson Baliat) que no crece a lo largo del relato, y que lamentablemente languidece en pura especulación del narrador, quien es el llamado a dirigir y contar lo que sabe.

En resumen, creo que la novela está en todo lo que no logramos saber del encarcelado Honson Baliat y las consecuencias de su presencia real. Sin embargo, Matos Moquete no parece darse cuenta de ello y quizá por eso desvía la atención hacia personajes que para mí son de menor interés literario que el haitiano Baliat, a quien atribuye ciertos poderes sobrenaturales, poniendo así en peligro la factura de la novela. Esto ocurre con frecuencia cuando no se planifica la historia o cuando se empieza a escribir antes de madurar la idea que da origen a la obra.

Detrás de las expectativas en torno a Honson Baliat, el autor pone en escenario a Carina y su marido joyero Ignacio Paredes; al ingeniero Santillana (hermano menor de Carina) y su amante haitiana Irena Bienaimée; al ingeniero Bello, a M'a Guiselle, y al capitán Puerrié, entre otros.

Todos parecen competir por ser protagonistas de la historia, pero solo Carina lo logra parcialmente, porque también carece de la fuerza suficiente para ocupar ese lugar. Al tomar los personajes de “La avalancha” uno por uno, después de elaborar una lista que sería como el censo de los habitantes de la novela, descubrimos que el autor no los trabajó debidamente. No hay ni uno solo memorable; lo que hace que el lector olvide la historia o que la recuerde poco, en este último caso más por el contenido sociológico, de una sociedad prejuiciada con los haitianos, que por la calidad literaria.

Una de las dificultades de escribir una novela no es solo el narrar una historia creíble o encontrarle “el tono” del que hablaba siempre el argentino Tomás Eloy Martínez, el autor ya fallecido de “Santa Evita”, sino en hacer personajes que parezcan de carne y hueso.  El escritor italiano Luigi Pirandello dijo alguna vez que “los personajes no deben aparecer como fantasmas sino como realidades creadas, construcciones inmutables de la fantasía: más reales y más consistentes”.

Asimismo, otro escritor argentino que fue probablemente el más íntimo de los amigos de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, decía que se esforzaba para que sus personajes fueran “ellos mismos y no hechos a imagen y semejanza del autor”. Y en ese sentido se cuidaba “de no transmitirles cosas mías, de mi formación intelectual”.

El autor de “La avalancha” incurre en lo que dice Casares; transmite demasiado de él a los personajes, y no los deja vivir su propia vida, como sin duda lo habría hecho Ray Bradbury, el autor de “Crónicas marcianas” y “Fahrenheit 451” que abogaba por dar a sus personajes una libertad similar a la de un ser que piensa y actúa por su cuenta.

Quería concluir estas observaciones de “La avalancha” con esta tercera entrega, pero veo que no será posible. En la próxima ampliaré un poco más sobre los personajes creados por Matos Moquete para contarnos esa historia que se desarrolla en el barrio Pequeño Haití, en Santo Domingo, y explicaré el porqué no me convencen. También hablaré de la narratología de la novela y de descuidos ortográficos (ya diré por qué no son tipográficos) que uno no espera encontrar en un libro de un “miembro de Número de la Academia Dominicana de la Lengua”.