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19 de diciembre de 2015

Proceso de editar y publicar un libro

El proceso de editar un libro es más arduo y tedioso de lo que el público piensa; y muchos errores de edición terminan sobre los hombros del escritor, que en la mayoría de los casos no tiene la culpa aunque escriba mal desde el punto de vista de la gramática.  Esto así, porque lo que sale al mercado es una idea transformada en producto de consumo del que se espera cierta calidad.

En el caso de los libros, la apariencia física del producto tiende a opacar la composición del contenido; de ahí surgen comúnmente los elogios, los aplausos y los comentarios laudatorios que aparecen en medios de comunicación que por lo general no cuentan con profesionales para evaluar un texto literario, sino para difundir la simple noticia de la publicación de la obra.

El asunto se complica cuando los mismos autores se creen los elogios aun a sabiendas de que la mayoría de las veces no los reciben de personas entendidas en la materia, ni por la calidad o profundidad del contenido de lo que crearon en solitario, sino por la envoltura del producto. En otras palabras, un libro que “se ve bien”, que “me gusta”, no significa necesariamente que esté "bien escrito”.

Por supuesto, a nadie le gusta que le critiquen su libro; y solo un lector atento o exigente podría hacerlo, pero algunos de estos son indiferentes o pueden resultar interlocutores incómodos para los que quieren ser escritores a como dé lugar, sin hacer la tarea que corresponde en ese oficio tan llamativo como poco remunerativo, que es la de leer mucho más de lo que se escribe.

En cuanto a la edición de una obra, debemos entender que el proceso requiere de manos diestras en “varios frentes”. Tan pronto el escritor entrega el libro acabado para ser sometido a dicho proceso, la copia original (o manuscrito) queda en manos del editor, que es quien dirige “el parto”.

Contrario de lo que se piensa, el editor no es necesariamente un experto en el manejo del idioma o los géneros que publica, aunque muchos de ellos hacen creer que sí. En realidad, el editor es un comerciante de ideas; el dueño, inversionista o gerente de una empresa cuya función es publicar libros; y cuando no cuenta con el tiempo o la preparación adecuada para hacer él mismo el trabajo, o cuando reconoce sus limitaciones, contrata "expertos" adicionales para poder cumplir con las expectativas del autor o su representante, que en el proceso de edición adoptan la categoría de "socios" o "clientes". En esta parte entra en juego el “corrector”. Hay gente que presta esos servicios por contrato directo con los autores y no con los editores o impresores. También debemos aclarar que un experto en gramática puede resultar mal corrector, por desconocimiento del tema o por falta de sensibilidad literaria.

Entonces, ¿qué sucede cuando el editor y el corrector de estilo resultan incompetentes? La respuesta es sencilla: el libro nace malogrado. Por lo general, los defectos de un texto deben ser detectados por el editor o el corrector; son redundancias, problemas de sintaxis, ideas confusas, puntuación arbitraria no justificada, faltas de ortografía (algo distinto a errores tipográficos) y otros factores que afean cualquier libro aunque esté impecablemente impreso.

En República Dominicana, por ejemplo, hay de esos editores y correctores que no son ni una cosa ni la otra, pero hacen creer que sí; y con ello logran vender dichos servicios a pobres escribidores que viven con la ilusión de convertirse en best seller. Conozco autores que han pagado bien las “correcciones” y no se dan cuenta que recibieron un servicio de mala calidad. Esto no quiere decir que el corrector haya engañado conscientemente al “cliente”, sino que en algunos casos la persona contratada falla por dejadez o por falta de capacidad para producir la calidad que se espera.

En definitiva, como ya dije por ahí,
un buen libro puede echarse a perder por la falta de una corrección cuidadosa que no tiene nada que ver con el talento del escritor, sino con el proceso de edición.