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28 de abril de 2015

Perú, una caricatura en Santo Domingo

Da la impresión de que el gobierno de Perú ha querido opacar la figura de Mario Vargas Llosa en el Pabellón de ese país invitado de honor de la Feria del Libro de Santo Domingo, que se celebra hasta el 4 de mayo de 2015.

En dicho pabellón no venden las obras del Nobel de Literatura y la única sala de exhibición que pudo ser utilizada para resaltar la importancia del autor de “La ciudad y los perros” y “La fiesta del chivo” en las letras universales, fue dedicada solamente a Julio Ramón Ribeyro, que no deja de ser un cuentista peruano importante, pero jamás con una trayectoria de tantos logros como la de Vargas Llosa.

No soy dado a comparaciones, aunque a veces las circunstancias no dejan alternativa. No hay un solo premio de prestigio que no esté en manos de Vargas Llosa, desde el Biblioteca Breve que lo lanzó al estrellato cuando tenía apenas 26 años de edad y el Rómulo Gallegos que lo consolidó a los 31, hasta el Príncipe de Asturias y el Cervantes, para luego coronar su ejemplar carrera literaria con el Nobel de Literatura 2010, convirtiéndose así en el primer y hasta ahora único peruano, lo que será por mucho tiempo, en lograr el codiciado galardón de las letras mundiales.

Ribeyro, en cambio, pese a su calidad e importancia para un puñado de lectores, solo logró al nivel internacional el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo que le otorgó en 1994 la Feria del Libro de Guadalajara, México. Los demás galardones de Ribeyro (Premio Nacional de Novela, Premio Nacional de Literatura, Premio Nacional de Cultura), al parecer lo colocan en la lista de esos escritores que se arriman (o lo arriman) siempre a los gobiernos de turno; y de esta especie hay muchos en todas partes.

De modo que entrar en el Pabellón de Perú fue desconcertante, y más cuando pregunté por qué no tenían obras de Vargas Llosa. El encargado de aquella “nave inca” que imaginé de inmediato a la deriva, el también autor Mauricio Málaga, asumió el papel del experto con derecho a canonizar y dio explicaciones que no venían al caso, culpando de la afrenta al propio Vargas Llosa, a sus representantes y a la casa editorial que publica sus libros, y no al único responsable: el gobierno de Ollanta Humala.

Pero hay más: cuando vi la sala de exhibición dedicada exclusivamente a Julio Ramón Ribeyro, pregunté por qué a Ribeyro y no al Nobel, o a varios escritores de los tantos peruanos importantes, vivos y muertos (cito de memoria: José Santos Chocano, Ciro Alegría, José María Arguedas, César Vallejo, José Carlos Mariátegui, Manuel Scorza, Blanca Varela, Alfredo Bryce Echenique, el propio Vargas Llosa y otros que por su extraordinaria labor literaria se convirtieron sin darse cuenta en los mejores embajadores de la cultura de su país a través de sus obras), la respuesta fue tan tonta como la que se dio para justificar la falta de los libros del Nobel en el "Arca de Humala". He leído los cuentos de Ribeyro, y reconozco su lugar en la literatura peruana, pero no es tanto como para opacar la grandeza (algo históricamente imposible) del único premio nobel latinoamericano vivo y único sobreviviente del famoso “boom” de los años 60 y 70 del siglo pasado que puso en el mapa mundial la literatura de América Latina.

Muchos extranjeros conocemos Perú a través de su formidable literatura, lo que demuestra que existe una nación en la ficción que escapa afortunadamente de los controles de la cultura asalariada de la real, y esa no llegó completa al pabellón que ocupa el oficialismo peruano en la Feria del Libro de Santo Domingo 2015.

Por supuesto, lo anterior es entendible si reconocemos que casi todos los organismos culturales de los gobiernos latinoamericanos padecen de un mal endémico provocado por intelectuales que en el fondo no lo son. Es el trabajo de una “intelligentsia” que ha logrado pasar “de los libros al poder”, como lo denunció hace tiempo el ensayista mexicano Gabriel Zaid.  "Intelligentsia" de un funcionariado que la opinión pública confunde con el intelectual tradicional que aportaba ideas y protagonizaba debates de altura que hacían honor al pensamiento libre que no debe ser opacado ni silenciado.

Por suerte, autores como Zaid nos alertan de la pandemia intelectual y nos ayudan a identificar a los impostores de la gerencia cultural que se esconden detrás de títulos académicos y la autoría de libros para hacer de las suyas. De acuerdo con el ensayista, no son intelectuales: a) los que intervienen en la vida pública; b) los que intervienen como especialistas; c) los que adoptan las perspectivas de un interés particular; d) los que opinan por cuenta de terceros; e) los que opinan sujetos a una verdad oficial (política, administrativa, académica, religiosa); f) los que son escuchados por su autoridad religiosa o capacidad de imponerse (por vía armada, política, administrativa, económica); g) los taxistas, peluqueros y otros que hacen lo mismo que los intelectuales, pero sin el respeto de las elites; h) los miembros de las elites que quisieran ser vistos como intelectuales, pero no consiguen el micrófono o (cuando lo consiguen) no interesan al público; y por último, i) los que ganan la atención de un público tan amplio que resulta ofensivo para las elites.

Esas definiciones de Zaid nos permiten afirmar sin equívocos que la falta de diversidad, la intolerancia, el control de las ideas y la visible manipulación gubernamental en materia literaria, hicieron de Perú un lamentable reflejo del deterioro de la gerencia cultural en ese país.

Sin duda, la delegación del gobierno de Ollanta Humala en la Feria del Libro de Santo Domingo convirtió a Perú en una burda caricatura literaria de muy mala calidad.